Las excursiones escolares han dejado de ser simples salidas recreativas. Hoy se reconocen como una herramienta clave para la formación integral de los estudiantes, ya que permiten aprender de manera vivencial y conectarse con el mundo real fuera del aula. Cuando los estudiantes visitan museos, reservas naturales, empresas, otras culturas o sitios históricos, no solo aplican los conocimientos vistos en clase, sino que desarrollan habilidades que serán fundamentales en su vida. La educación al aire libre ayuda a que los jóvenes comprendan mejor lo que estudian, aprendan a convivir, a tomar decisiones y a asumir responsabilidades.
Desde el Colegio Hacienda Los Alcaparros, su directora Rosita Caro destaca que estos espacios fuera del salón son “experiencias pedagógicas poderosas”. En entornos naturales o culturales, los niños y jóvenes observan, analizan y reflexionan sobre lo que los rodea, lo que les permite unir teoría y práctica. Además, durante estos viajes, los estudiantes trabajan en equipo, desarrollan el liderazgo, enfrentan retos y aprenden a valorar la diversidad. Todo esto los prepara para ser personas más críticas, empáticas y comprometidas con sus comunidades.
Cada vez más estudios respaldan el impacto positivo del aprendizaje experiencial. Por ejemplo, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos ha demostrado que este tipo de enseñanza mejora la retención del conocimiento en un 75 % y reduce el riesgo de fracaso académico en casi un 11 %. Las excursiones escolares cumplen con ese objetivo: no solo refuerzan lo aprendido, sino que también enseñan a vivir. Según Rosita Caro, los programas más exitosos son aquellos que se basan en tres pilares fundamentales: el desarrollo académico, el desarrollo humano y las habilidades al aire libre. Esto significa que los viajes deben diseñarse para enseñar sobre el entorno y la comunidad que se visita, pero también para trabajar habilidades como la comunicación, el pensamiento crítico y la convivencia.
Para que una salida sea realmente significativa, debe planearse con cuidado. Así lo afirma Pablo Guerrero, CEO de la consultora experiencial Andares, quien explica que una excursión requiere al menos tres o cuatro meses de preparación, e incluso puede diseñarse con un año de antelación. “No se trata solo de llevar a los estudiantes a un lugar diferente, sino de acompañarlos con facilitadores que los ayuden a reflexionar sobre lo vivido y a transformar esas vivencias en aprendizajes útiles para su vida cotidiana”, afirma Guerrero. Esta consultora ha trabajado de la mano con el Colegio Hacienda Los Alcaparros, realizando más de 400 viajes por todo Colombia, en los que participan también más de 80 profesores capacitados como guías de campo. Así, la experiencia va mucho más allá del turismo: se convierte en un proceso educativo completo.
Gracias a este trabajo conjunto entre instituciones educativas y empresas especializadas, las excursiones escolares están siendo cada vez más reconocidas como una forma efectiva de desarrollar habilidades blandas en los estudiantes. Liderazgo, empatía, resolución de conflictos y pensamiento crítico son solo algunas de las capacidades que se fortalecen al salir de la rutina escolar y enfrentarse a contextos nuevos. En este modelo de educación al aire libre, los viajes no se ven como un fin en sí mismo, sino como un medio para formar mejores seres humanos. Al recorrer y conocer diferentes regiones del país, los estudiantes también construyen un vínculo más profundo con su entorno, desarrollando conciencia ambiental y sentido de pertenencia.





